“Loquillo”

Primero se escuchaba su voz, cantando a lo lejos, “adiós muchachos compañeros de mi vida…” o a veces “noche de ronda…” Luego se escuchaban también sus pasos, lentos, pausados. Caminaba con cierta dificultad, en ocasiones sosteniéndose de las paredes de las casas. Su voz grave y rara, su silueta nada definida, su estatura corta y su rostro blanco y arrugado, con ojos claros pero irritados, siempre irritados. Si no lo conocías, seguramente habrías sentido miedo. Yo lo conocía, era mi vecino de al lado, y aún así le temía. A mis cinco o seis años, era fácil imaginar que era un ser de ultratumba, viviendo en las sombras, solo.

La mayoría le llamaba “don Baltazar”; “don Balta” aquellos vecinos más allegados y “Loquillo” le decía mi padre, pero yo le decía “mi amigote”, o mejor dicho, él es quien me decía así cuando pasaba por ahí, de buenas. Interrumpía su canto, me miraba mientras me asomaba por la ventana y gritaba animado ¡mi amigote! Y así también le contestaba yo, aunque no igual de animado.

Pero cuando estaba de malas, ni me asomaba por la ventana… o bueno, tal vez un poco, lo suficiente para espiarle por las cortinas y mirar su rostro desencajado, rojo, haciendo juego con lo irritado de sus ojos. Entraba a su casa, la única sin pintar, vieja y sin cortinas, oscura. Azotaba la puerta. Y si algún desdichado niño pasaba por esa acera en patines, en triciclo, o daba algún desafortunado pelotazo en la pared de esa casa con paredes cuarteadas, se escuchaban los gritos más aterradores y espantosos, los insultos que nadie se atrevía a decir.

Un día, mientras don Baltazar pasaba caminando y cantando, mi padre le saludó. ¡Loquillo! Don Baltazar contestó alegre el saludo. Y sin pensarlo, yo también le saludé ¡Loquillo! Pero no contestó, siguió caminando y cantando hasta meterse a su casa. De inmediato mi padre me corrigió, sólo él podía decirle loquillo, yo tenía que respetarlo. Por lo que nunca más le llamé de esa forma, y no es que tuviera ganas de hacerlo, “a ese señor hay que tenerle cuidado” pensaba yo. Pero, ¿por qué loquillo? Lo más natural habría sido preguntarle a mi papá la razón, pero nunca lo hice, hoy comprendo que era por miedo, ni siquiera quería saber el por qué, qué tal que escuchara algo que no quería, algo que no me dejara dormir por las noches. Sin embargo, la respuesta estaba ya en camino.

* * *

Estaba soleado y caluroso; llegar a la tienda de mis padres fue un alivio. El camino desde la escuela ese día se sintió mucho más largo y todo lo que quería era sentarme y descansar un rato. Pero eso no sucedió, tan pronto llegué, mi madre me pidió que corriera a la casa a buscar a mi abuela, tenía que salir un momento y no había quien cuidara la tienda. “¡Corre!” me dijo.

Después de un rato regresé a la tienda con mi abuela y mi madre se alejó apresurada, tan pronto salió ella llegó don Baltazar, con el rostro rojo… en ese momento no supe si el color era por el calor o porque estaba enojado, de cualquier forma preferí mantener mi distancia. En su mano sostenía una botella vacía de Fanta, eso era lo que él bebía, lo sé porque era muy común verle con ese refresco sabor naranja, a veces afuera de su casa, a veces caminando con él.

“Una Fanta de naranja”, le dijo a mi abuela mientras ponía con fuerza el envase sobre el mostrador. “Un momento”, dijo ella tomando el envase y caminando hacia la parte posterior de la tienda para buscarla. Tan pronto mi abuela se alejó, comenzó a llegar gente a la tienda; yo intenté ayudar pero a pesar de mi intención, no pude.

Mi abuela salió después de un momento y me pidió que buscara yo la Fanta, ella sólo veía las de sabor piña y uva así que me apresuré a buscarla mientras ella atendía a las demás personas que en ese momento ya estaban abarrotando la tienda. Volteé a ver a don Baltazar, estaba desesperado.

Yo tampoco las encontraba, alguien las había cambiado de lugar, busqué y busqué hasta que por fir aparecieron por ahí. Después de algunos minutos, salí con el refresco, sin embargo, don Baltazar acababa de abandonar la tienda muy enojado sin llevarse el envase vacío que había traído consigo. Mi abuela me pidió que me apresurara a alcanzarlo para entregarle el refresco junto con una disculpa por la tardanza.

Cuando me lo pidió sentí cómo la sangre se me iba a los pies, lo que menos quería ese día (y en la vida) era enfrentarme a un don Baltazar con la cara roja a punto de explotarle, en una de esas hasta me comía vivo. Pero no podía negarme tampoco. Así que con una botella de Fanta de naranja en la mano, me “apresuré” tratando de caminar tan “rápidamente” como pude.

Cuando lo alcancé le dije “oiga”, don Baltazar se detuvo y giró para mirarme. Yo sudaba, no sé si era por el calor, por haber caminado “rápido” o por el miedo, pero claramente sentía, no solamente el sudor bajar desde mi frente hacia la cara (y podía jurar que me llegaba hasta las manos), sino que además mi corazón golpeaba con tanta fuerza mi pecho que podía asegurar que quería salirse de ahí y correr en dirección contraria.

“Aquí tiene su Fanta, disculpe la tardanza”, le dije fingiendo inútilmente una sonrisa y extendiendo mi brazo tanto como pude, pues procuré mantenerme lo más alejado posible, por si tenía que correr por mi vida. El señor arrebató con fuerza de mi mano la botella y con un balanceo de su brazo la lanzó con fuerza lejos de mí mientras rezaba una larga letanía de groserías. La botella pasó casi rozando mi oreja izquierda, pude escucharla pasar zumbando a mi lado. A mi espalda, lejos, escuché cómo el envase de vidrio se rompía con fuerza, literalmente el gas de la bebida le hizo explotar, lo cual me hizo correr de regreso a la tienda tan rápido como pude, creo que sólo en un par de ocasiones había corrido tan rápido.

Apenas había corrido unos cuantos metros cuando encontré que mi abuela iba a mi encuentro, había visto todo lo sucedido y ahora también ella estaba gritando una letanía de insultos a don Baltazar. Me detuvo para preguntarme si estaba bien, pero todo lo que quería era seguir corriendo y meterme debajo de algo. El incidente llegó hasta ahí, los vecinos salieron de inmediato para saber lo que había pasado y luego para convencer a mi abuela de que no se acercara a don Baltazar pues quería reclamarle; no valía la pena.

Aquella tarde no quise asomarme por la ventana cuando escuché a lo lejos su canto y sus pasos, me había propuesto no volver a acercarme ni a mirar al “Loquillo” ese. Y sí que estaba loco, ahí tenía mi respuesta.

Algunos días después, mientras jugaba en el jardín, mi pelota voló hacia el patio de don Baltazar. Era mi pelota favorita y tenía que recuperarla; pero ese relato será para otra ocasión.

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