Control de la respiración, control de la mente.

Todos queremos tener paz, calma y armonía en nuestras vidas; sin embargo, con frecuencia nuestras acciones son incongruentes con esos deseos. A veces logramos verlo y podemos saber que lo que estamos haciendo no es lo adecuado para alcanzar tan preciados anhelos. Pero en muchas otras ocasiones ni siquiera logramos percibirlo. La fuerza de los hábitos reiteradamente dirige nuestras acciones convirtiéndonos en víctimas de nuestro propio comportamiento.

Los hábitos, según los apreciamos en el yoga, son la información que queda grabada en la mente después de realizar un acto o una serie de actos de manera reiterada. Dicha información pasa a ser una acción debido a que los mecanismos automáticos de la mente, nos hacen reaccionar.

Y así podemos ir por la vida, reacción tras reacción; lamentándonos, arrepintiéndonos y sintiéndonos culpables de lo que pensamos, de lo que sentimos, de lo que dijimos o de lo que hicimos, deseando regresar el tiempo para hacerlo de otra manera. En ocasiones culpamos a las circunstancias, y a veces, culpamos a los demás.

La mente es automática, no se puede detener ni se puede pausar, no se puede “poner en blanco”. La mente piensa porque ese es su trabajo, el corazón late porque ese es su trabajo. Intentar detener la mente es similar a intentar detener los latidos.

Usando ese ejemplo, no podemos detener los latidos del corazón pero sí podemos lograr que trabaje con más calma o más relajadamente. Lo mismo con la mente, no podemos detenerla pero podemos conseguir que trabaje con más calma, más lentamente, para que podamos analizar con consciencia nuestra siguiente jugada, antes de que se convierta en acción.

Una mente calmada es un verdadero regalo, una gran ventaja en esta bonita existencia, y lograrla es paradójicamente tan fácil como difícil.

Recientemente, un estudio realizado por la Universidad de Stanford, en Estados Unidos y publicado en la revista Science, ha determinado con ayuda de ratones, que existen una serie de neuronas que responden directamente al ritmo de la respiración y que ocasionan (cuando ésta es profunda, lenta y controlada) un pronunciado y notable estado de calma. A este grupo de neuronas las han bautizado como “neuronas pranayama”.

La palabra pranayama es de origen sánscrito y en el contexto del yoga se le utiliza para referirse al control de la respiración. Estos científicos de Stanford han descubierto (yo más bien diría comprobado) que la respiración tiene influencia en el cerebro y por consecuencia en el estado de ánimo y comportamiento.

Para un yogui no es necesario que la ciencia descubra o compruebe lo que hemos sabido desde hace milenios, pues los efectos de una buena práctica de pranayama son indiscutibles. Sin embargo, resulta alentador que este tipo de estudios pueda inspirar (inspirar, sinónimo de inhlalar) a más personas para que pongan atención a su respiración.

Calmar a la mente pues, resulta tan fácil como respirar correcta y profundamente, sin embargo, la paradoja está en que para muchos, respirar de esa manera puede ser algo abrumadoramente difícil y retador debido justamente a los hábitos (posturales, de pensamiento, de comportamiento).

Lamentablemente, una gran mayoría de los seres humanos hemos olvidado cómo respirar adecuadamente. Afortunadamente, el yoga ha resistido el paso del tiempo, y últimamente también los tabúes y creencias erróneas sobre su práctica, brindándonos la oportunidad de re-aprender no sólo a respirar adecuadamente, sino con ello, tomar control de nuestra mente, y en consecuencia, de nuestra vida.

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